NIVEL INICIAL
Caracterización del alumno
Mediante el diseño de Niveles y
Ciclos, el sistema educativo procura adaptarse a los procesos de conocimiento y
maduración de los alumnos, y permite una mejor organización de la tarea
docente, en función de los requerimientos propios de cada nivel.
El conocimiento de las
características de los alumnos resulta vital para el docente, puesto que sobre
esta base puede planificar qué y cómo enseñar y, asimismo, diseñar caminos para
la estimulación del aprendizaje. Para un adecuado cumplimiento de esas tareas,
el conocimiento de autores y teorías debe complementarse con la práctica y
revisión que posibilita el trabajo cotidiano del aula.
En la conformación de las
características del alumno, convergen la inteligencia, la afectividad, la
psicomotricidad, el lenguaje y la escolarización, como aspectos relevantes.
Si bien no todos aprenden lo mismo de
la misma manera, puede definirse una base común como estructura de conocimiento.
Debe reconocerse, asimismo, que este tipo de estructura va forjándose
internamente pero depende también de la estimulación y del apoyo externo -de
otros o del entorno-
Se trata, entonces de comprender la
lógica de los procesos de aprendizaje teniendo en cuenta la edad de los alumnos
y sus características psico-evolutivas y físicas pero atendiendo a la
diversidad de lo individual.
El proceso cognitivo del niño de tres a cinco años abarca
la construcción de nociones que constituyen los patrones básicos del desarrollo
de la inteligencia del hombre.
A los tres años, los niños comienzan a diferenciarse
corporalmente en función de sus sexos: el cuerpo de los varones tiene más
tejido muscular, mientras que el de las niñas conserva más tejido graso. Los
músculos grandes se desarrollan antes que los pequeños; por eso, los niños de
esta edad adquieran cierta facilidad en el dominio de la motricidad gruesa, en
tanto que encuentran dificultades para lograr una coordinación más delicada.
A los 30 meses, el niño ya ha adquirido bastante
equilibrio, puede correr con seguridad y saltar de punta con los pies juntos.
Está en condiciones de subir y bajar escaleras, deslizarse por rampas o
pedalear, controlando todos sus movimientos. A los tres años, puede sostenerse
en un pie e intentar saltos, subir escaleras alternando un pie, o saltar un
escalón de 15 a 18 cm. sin ayuda.
A los 36 meses, juega con construcciones y levanta
torres de hasta nueve cubos. Copia un círculo y sabe pintarlo por dentro,
también sabe imitar los trazos de una cruz. La expresión gráfica aún es pura
acción (aunque los garabatos son más organizados) no tienen claridad,
representan descargas de sus emociones). Trasvasa agua de un recipiente a otro
sin derramarla, sabe abrochar botones y utilizar tijera para cortar papel (con
cierta dificultad para hacerlo en tiras).
En el área verbal, ha incorporado un vocabulario de unas
novecientas palabras, lo que le permite estructurar frases breves incrementando
su comunicación y ampliando su red social. Comienza una segunda etapa de
interrogación: no pregunta ya por los nombres sino por el porqué de las cosas.
La constitución corporal del niño comenzará a transformarse
visiblemente. Hasta los cuatro años, por lo general, el crecimiento del sistema
muscular guarda bastante proporcionalidad en el conjunto del crecimiento
corporal; en cambio a partir de esa edad, los músculos se desarrollan con mayor
rapidez.
A un ritmo equiparable va a crecer y
evolucionar el sistema nervioso. Entre los tres y cuatro años se advierte un control
bastante efectivo en las actividades motrices del niño: sabe correr con cierto
dominio, puede detenerse cuando quiere, subir y bajar escaleras usando
alternativamente ambos pies, saltar, columpiarse, lanzar la pelota, pedalear
con fuerza y seguridad en su triciclo, etc.
Hacia los cinco años, le gusta trepar y lo hace con
alguna soltura. Puede caminar en línea recta, acertar en un blanco con la
pelota, cargar varias cosas en un carrito y arrastrarlo, sincronizar con
bastante perfección el movimiento de los ojos y la cabeza, manejar una
bicicleta y hasta probar patines.
Todos, o casi todos los niños, a los cinco años, logran
coordinar sin ninguna dificultad el movimiento por separado de ambos brazos y
ambas piernas; pero la coordinación de los brazos con las piernas (o viceversa)
es todavía un objetivo por alcanzar. Recién a los seis años pueden comprender y
ejecutar movimientos compuestos y cruzados, como, por ejemplo, levantar el
brazo izquierdo y el pie derecho.
Con respecto a la habilidad sensomotriz (la capacidad de
efectuar un movimiento de precisión determinado y dirigido por una percepción
sensorial), se observa que el niño de cuatro años empieza a demostrar más
habilidad en una mano que en la otra, lo cual indica que su lateralización está
en vías de instaurarse.
A los tres o cuatro años, se consiguen los primeros
movimientos supeditados a una percepción (por ejemplo, detener un objeto que
está cayendo al suelo). Hasta los cuatro y cinco años, el esquema corporal es
todavía muy imperfecto. Apenas si distingue, en él mismo, el lado derecho del
izquierdo. Hacia los tres años dibuja monigotes; hacia los cuatro, éstos ya
tienen mayor definición en facciones, cuerpo y extremidades; a los cinco, se
distingue la figura humana.
En cuanto al desarrollo de la inteligencia, puede
notarse que -hasta los seis o siete años- el niño piensa objetivamente y
procura experimentar interiormente con ayuda de representaciones. Pero estos
experimentos son aún irreversibles. Por ejemplo: no alcanza a realizar
inclusiones de clases, es decir, incluir en el total los elementos parciales y
-a la inversa- disgregar del total dichos elementos. Tampoco logra coordinar
relaciones simétricas o asimétricas entre elementos.
Antes de los siete años, el niño se guía principalmente
por su intuición. La capacidad de efectuar operaciones lógicas es prácticamente
inexistente en él. Aunque las posibilidades operativas del pensamiento, a
partir de los tres años, son muy superiores a las que caracterizan el período
previo del desarrollo, hay todavía muchos factores que deforman y limitan su
campo de aplicación. En primer lugar, porque todo está supeditado al
egocentrismo persistente en el niño; las ideas y los procesos mentales
continúan siendo muy subjetivos. Si bien el lenguaje va perdiendo rasgos egocéntricos,
el pensamiento que preside la actividad cognoscitiva es básicamente
unidimensional y estático.
El pensamiento unidimensional tiene en cuenta un único
aspecto de una cosa o situación, e ignora los demás. Por otra parte, su
estatismo implica pensamiento de estados en sí; no puede seguir procesos de
transformación.
Otro aspecto del pensamiento en esta etapa es su
incapacidad para conservar y para descentrarse. La capacidad de conservación
permite reconocer que un cambio en la percepción de un objeto -la forma, el
peso, el volumen.- no supone un cambio en su esencia.
A los cinco o seis años el niño logra la seriación, que
consiste en ordenar los elementos según sus dimensiones crecientes o
decrecientes. En cambio, a los cuatro y cinco años y medio, pasa por una etapa
de intuiciones simples en virtud de las cuales ubica los objetos por
comparación en parejas o pequeños conjuntos pero incoordinables entre sí. Se
observa, luego, una construcción de la serie por tanteos empíricos, que
constituyen regulaciones semi-reversibles, pero aún no operatorias. Entre los
cinco años y medio y los siete, empleará un método sistemático de intuiciones
articuladas, consistente en buscar, por comparaciones, dos a dos, el más
pequeño elemento aparente, luego el más pequeño de los que quedan, etc. En este
caso, el método es operatorio, ya que un elemento cualquiera E está comprendido
de antemano como simultáneamente mayor que los precedentes (E > D, C, B, A)
y menor que los siguientes (E < F, G, etc.), lo que es una forma de
reversibilidad o reciprocidad.
La clasificación, por su parte, pasará de colecciones de
figuras, por yuxtaposición, a una clasificación racional de conjuntos y
subconjuntos. Las diferencias o igualdades de los elementos le permiten
designar las partes de una clase total, aunque de manera incompleta. La
seriación y la clasificación simple posibilitan -a los cinco o seis años- una
construcción básica de números enteros, apareciendo por primera vez el concepto
de conservación.
La falta de reversibilidad es otra de las
características restrictivas del desarrollo cognitivo y de la posibilidad de un
razonamiento lógico. Todas las operaciones lógicas son reversibles en el
pensamiento, pueden ser recorridas en sentido inverso para regresar a la
situación original del problema. Estas restricciones, apoyadas en el ensayo y
error y en la intuición de la pura percepción, caracterizan el pensamiento de
esta etapa como pre-lógico.
Estas características también se notan en el grafismo
donde, así como aparece una incipiente noción de número, el niño de cinco años
ya logra copiar algunas letras iniciando una frase pre-escritora,
pre-caligráfica, con letras de caracteres imperfectos, puesto que todavía no
tiene consolidados los mecanismos intelectuales ni posee aún la habilidad
motriz indispensable para desarrollar un buen nivel de escritura. Acompaña con
el cuerpo los movimientos de la mano y suele cargar todo el peso del tronco en
el antebrazo. Sólo intenta reproducir en el papel todos los trazos que percibe.
En el área afectiva, se registra el inicio del interés
sexual. El fin de la etapa anal lleva a un interés por los órganos de micción,
específicamente el pene, que es investigado y manipulado. Las sensaciones
placenteras que esta manipulación le produce, y la forma particular en que
percibe a los adultos, le hacen sentir que esta es una zona muy especial de su
cuerpo y se dedica, por lo tanto, a investigarla con gran curiosidad. Entre los
tres y cuatro años se produce un gran cambio de orden cualitativo que afecta
radicalmente a la articulación de los deseos del niño con respecto a cada uno
de los progenitores. Los conflictos afectivos sexuales de esta primera etapa se
resuelven parcialmente hacia los seis años y alcanzan una resolución definitiva
en la pubertad y la adolescencia.
El niño de tres años toma conciencia de su pertenencia a
uno u otro sexo. Además, está sujeto al deseo de identificarse con las personas
mayores -padres o educadores-: imita gestos, actitudes y palabras.
Por observación o por juegos con otros niños, nota
morfológicamente que los órganos son distintos entre los sexos. Pero su
descubrimiento no se focaliza en las diferencias entre los órganos, sino en que
unos tienen testículos y otros no los tienen. Se explica esta “falta” como
castigo por distintas transgresiones.
Puede hablarse, así, de una castración primaria que
impide la pertenencia a ambos sexos a la vez. Se puede tener pene y testículos
pero no senos ni capacidad para procrear. En el caso de las niñas, no tener
pene permite tener hijos y amamantarlos. La función de la supuesta falta es
importantísima y, provoca, en cierto modo, la aparición protagónica de la
figura paterna en el complejo de Edipo, alrededor de los cuatro o cinco años.
Este complejo implica la triangularidad afectiva padre-madre-hijo, con
diferentes resoluciones para la niña y para el varón.
La represión infantil de la sexualidad hará que esta
quede excluida hacia el final del complejo de Edipo (alrededor de los cinco o
seis años) para entrar en el período de latencia. El niño estará más interesado
en el proceso de socialización, quedando su Yo estructurado como elemento de
relación con el mundo. Sus deseos permanecerán reprimidos en la instancia
inconsciente y, como corolario del complejo de Edipo, se distinguirá el
Superyó, o instancia moral interna, y el ideal del Yo como aspiración de logro
de la propia personalidad. Las figuras paternas darán lugar en esa etapa a la
independencia psíquica.
Los Jardines de
Infantes constituyen la primera incorporación del niño al sistema educartivo
obligatorio. Son responsables de la iniciación del alumno en la apropiación
sistemática de conocimientos que le posibilitan estructurar la realidad y
adquirir las competencias necesarias para acceder a niveles de aprendizajes
posteriores. Son el ámbito en el cual se organizan y profundizan los logros
educativos adquiridos en el seno de la familia y se promueven valores y
actitudes que permiten la integración social. Ellos tienen la misión de facilitar
el desarrollo del pensamiento y de las formas de comunicación y expresión
intentando trasformar a ésta en un proyecto compartido con el núcleo familiar.
Si bien la estructura planteada
para los Jardines de Infantes se caracteriza por una organización en grupos etáreos
y un abordaje areal de los contenidos, la dinámica de estas instituciones debe
posibilitar flexibilidad en lo relativo al uso de espacios, tiempos, agrupamientos
e integración de las áreas, en función de las demandas emergentes de las
características de los alumnos.
EDUCACIÓN GENERAL BÁSICA
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Caracterización del alumno
Mediante el diseño de Niveles y Ciclos,
el sistema educativo procura adaptarse a los procesos de conocimiento y maduración
de los alumnos, y permite una mejor organización de la tarea docente, en
función de los requerimientos propios de cada nivel.
El
conocimiento de las características de los alumnos resulta vital para el
docente, puesto que sobre esta base puede planificar qué y cómo enseñar y,
asimismo, diseñar caminos para la estimulación del aprendizaje. Para un
adecuado cumplimiento de esas tareas, el conocimiento de autores y teorías debe
complementarse con la práctica y revisión que posibilita el trabajo cotidiano
del aula.
En la
conformación de las características del alumno, convergen la inteligencia, la
afectividad, la psicomotricidad, el lenguaje y la escolarización, como aspectos
relevantes.
Si bien no
todos aprenden lo mismo de la misma manera, puede definirse una base común como
estructura de conocimiento. Debe reconocerse, asimismo, que este tipo de
estructura va forjándose internamente pero depende también de la estimulación y
del apoyo externo -de otros o del entorno-.
Se trata,
entonces, de comprender la lógica de los procesos de aprendizaje teniendo en
cuenta la edad de los alumnos y sus características psico-evolutivas y físicas
pero atendiendo a la diversidad de lo individual.
El alumno del Primer Ciclo
Desarrollo
motriz
En su
conducta motriz, habrá perdido gran parte de su impulsividad anterior y logra
un contacto más efectivo con el entorno. Esta alternancia entre actividad mental
y expansividad, se decantará en una mayor participación madura. En estos
momentos, el niño consigue -con mayor o menor eficacia- controlar y dirigir una
parte concreta de su cuerpo con total independencia de las demás.
A partir
de los siete años, en los ejercicios de coordinación movimiento / visión se
observa un incremento en la velocidad y una notable mejoría en la precisión.
Asimismo, la actividad auditivo-motriz en el niño de siete u ocho años también
ha progresado; está en condiciones de reproducir estructuras rítmicas auditivas
de hasta seis golpes. Además, uno de cada dos niños podrá descubrir el
simbolismo gráfico del ritmo sin necesidad de que se lo expliquen. Los progresos
operados en la adquisición del esquema corporal, le permiten, a los ocho años,
distinguir sin dificultad derecha de izquierda en otra persona, así como
reconocer y describir las posiciones relativas de tres objetos. Con igual facilidad,
ejecuta órdenes que impliquen movimiento a su derecha o izquierda.
Los logros
mencionados posibilitan un gran progreso en la expresión gráfica. No se
observan problemas de orientación ni de posición relativa de las figuras. Los
trazos son continuos, indicio de que el niño comienza a controlar con bastante
seguridad la direccionalidad y el doble sentido de rotación, con predominio,
sin embargo, del sentido rotatorio derecha-izquierda, tanto en el plano
horizontal cuanto en el vertical. En el dibujo de la figura humana, resuelve
mejor las proporciones corporales. Algunas figuras presentan rasgos que denotan
acción y se advierten posiciones diversas: de frente, de perfil, sentadas, etc.
Tales adelantos marcan el final de la fase pre-caligráfica, hacia los siete
años: el niño controla su postura, la posición del brazo y la cabeza y acompaña
los desplazamientos de la mano con todo el cuerpo. Comienza la fase
caligráfica, alrededor de los ocho años, gracias al dominio del lápiz y de la
prensión fina manual.
En cuanto
a los juegos, el niño de seis o siete años prefiere agruparse con niños
mayores; tendrá más energías que descargar, es la época de las peleas y de
querer ganar un espacio propio sobre la confianza en una mayor autonomía.
Aparecen
nuevas formas de juego, de tipo dramático o temático, como manifestación del
afianzamiento de la simbolización. Estos reproducen, en general, escenas más o
menos reales de su entorno, con un argumento identificable en el cual los
participantes pueden asumir las características de un personaje determinado.
Son
también frecuentes los juegos con muñecos, con gran importancia de los
accesorios, con los que se practican los comportamientos del vestirse, se
reproducen los cuidados y en general sirven para vivir aventuras o para
reproducir las situaciones domésticas que el niño vive como propias.
Entre los
seis y ocho años, el mayor dominio del esquema corporal permite la utilización
de patines, bicicleta, bolitas.
Desarrollo
cognoscitivo
Entre los
seis y siete años, se encuentra en la etapa final del período preoperatorio
(operaciones guiadas por la intuición articulada: puede establecer relaciones,
sin coordinarlas y sin posibilidad de reversibilidad de las mismas). Alrededor
del séptimo año, se produce un cambio decisivo: el niño es capaz de operaciones
lógicas concretas (puede formar, con los objetos, tanto clases como relaciones).
En el período operatorio concreto logra la reunión de clases, o la adición de dos
números, que implican acciones generales como reunir, ordenar, etc., las cuales
intervienen en todas las coordinaciones de acciones particulares. A su vez,
estas coordinaciones -interiorizables y reversibles- implican que a la reunión
corresponde la disociación, a la adición la sustracción, etc. Nunca están
aisladas, sino coordinadas en sistemas de conjunto (una clasificación, la serie
de los números, etc.). Tampoco son propias de uno, sino comunes a todos los
individuos de un mismo nivel mental, e intervienen tanto en sus razonamientos
privados cuanto en sus intercambios cognoscitivos (reunir informaciones,
ponerlas en relación o en correspondencia, introducir reciprocidades, etc.).
Las
operaciones consisten, pues, en transformaciones reversibles, tales como
inversiones o reciprocidad. En el momento en que la estructura llega a su
cierre, resulta de ello una manera deductiva de la transitividad: A menor que
C, si A es menor que B y B menor que C, haciendo comparar A y B y luego B y C.
Pero una transformación reversible no lo modifica todo a la vez (si así fuere,
no admitiría retorno); es siempre relativa a una invariante. Esa invariante
constituye lo que se ha llamado noción o esquema de conservación.
Las
nociones de conservación, a los siete u ocho años, ya se han logrado. Los
estados se subordinan, entonces, a las transformaciones, y estas, al ser
descentradas de la acción propia para hacerse reversibles, acusan a la vez
modificaciones en sus variaciones compensadas y la invariante implicada por la
reversibilidad.
Las
operaciones antes mencionadas pueden llamarse concretas en cuanto afectan
directamente objetos y no hipótesis enunciadas verbalmente. Las operaciones concretas
constituyen una transición entre la acción y las estructuras lógicas que
implican una combinación y estructura de grupo
coordinante de las formas posibles de reversibilidad. Estas operaciones
nacientes se coordinan ya en estructuras de conjunto, pero son pobres y
proceden aún progresivamente a falta de combinaciones generalizadas. Esas
estructuras (o agrupamientos) son,
por ejemplo, clasificaciones, seriaciones, correspondencias de un punto a otro,
tablas de doble entrada, etc. Constituyen encadenamientos progresivos que
suponen composiciones de operaciones directas, inversas, idénticas,
tautológicas, y parcialmente asociativas.
La
exposición precedente explica por qué la construcción del concepto de número es
característica de esta etapa. La construcción de los números enteros se
efectúa, en el niño, en estrecha ligazón con la de las seriaciones y de las inclusiones
de clases. Las operaciones lógicas que permiten la adquisición del concepto de
número, implican la acción concreta de reunir y ordenar objetos discretos o
discontinuos, por relaciones de semejanza y diferencia. Se hace posible, así,
clasificar y seriar operativamente los objetos, obtener como síntesis la noción
de número.
Solidario
con el concepto de operaciones lógicas de esta etapa, se presenta el de
operaciones infralógicas, referidas a objetos continuos y fundadas en las
aproximaciones y las separaciones. Estas operaciones se construyen paralelamente
a las operaciones lógico-aritméticas y sincrónicamente con ellas; comprenden,
por ejemplo, el espacio, el tiempo y la velocidad.
El sistema
topológico es el primero que se constituye -entre los seis y los ocho años-
relacionando las partes con un todo (objeto o figura). Las relaciones que se
establecen son de próximo a próximo, involucrando sólo objetos vecinos, o
partes de un mismo objeto. Se trata de relaciones intrafigurales. Otra relación
topológica es el orden; implica elementos ubicados uno a continuación de otro y
se complementa con la relación de envolvimiento, apertura y cierre, tanto
lineal como bidimensional.
El sistema
de espacio proyectivo y el sistema de espacio euclidiano se construyen
alrededor de los ocho o nueve años. El espacio proyectivo pone en juego la
posibilidad de registrar que un objeto tiene apariencias distintas según el
punto de mirada del observador, sin dejar de ser el mismo objeto. Las
relaciones proyectivas, no sólo involucran un objeto, sino también la
coordinación de varios objetos al mismo tiempo, son interfigurales, lo que las
diferencia de las relaciones topológicas.
El
concepto de tiempo depende de la coordinación de la velocidad y se desarrolla
paralelamente al concepto de espacio. Los conceptos de tiempo y velocidad no
tienen, al principio, ningún carácter lógico y son puramente intuitivos.
Durante el período operatorio concreto, estas operaciones encuentran su lógica.
Así, se establecen cuantificaciones intensivas (se percibe, por ejemplo, que
hay un intervalo mayor entre almorzar y cenar que entre almorzar y comer el
postre del almuerzo). A los siete u ocho años, el niño establece una
cuantificación extensiva horaria, utilizando el sistema numérico que le permite
saber que entre las 12 y las 20 hay un intervalo mayor que entre las 12 y las
12,30 hs.
Luego de
ordenarse los acontecimientos en una sucesión, pueden compararse los intervalos
y establecerse duraciones con relaciones de antes y después. Esto posibilita un
ordenamiento en que la causa es siempre anterior al efecto. Junto a este, se
encuentra un ordenamiento verbal, producto de la simbolización. El de tiempo
psicológico acompaña al de tiempo físico. El tiempo vivido es la base del
tiempo psicológico; implica una memoria de reconstrucción y orden causal de los
acontecimientos, mientras que el tiempo físico supone orden serial de
posiciones y una duración producto de los intervalos entre las mismas. El
tiempo vivido se relaciona también con la noción de esfuerzo (el mayor esfuerzo
que requiere una tarea aburrida hace percibir que esta es más extensa).
Paralela a
la noción espaciotemporal, es la constitución de las operaciones lógicas; así
como la síntesis entre la clase y la serie da la noción de número, la síntesis
entre las operaciones espaciotemporales da la noción de medida.
La
simbolización verbal se enriquece, el lenguaje adopta una forma interna y
abreviada. En el proceso de internalización, las palabras y las frases se esquematizan
cada vez más y el niño va abandonando la actividad verbal manifiesta. Con este
nuevo lenguaje interno y abreviado, pueden recuperarse mentalmente las
experiencias pretéritas aplicables a problemas o tareas actuales. El lenguaje
es, en esta etapa, la herramienta del pensamiento, permite entrar de lleno en
la lecto-escritura. Hacia los siete u ocho años, los niños han alcanzado
prácticamente la forma de hablar de los adultos.
Los niños
abandonan el estrecho campo de las relaciones intrafamiliares para
desarrollarse intensamente en el otro, mucho más amplio, de la socialización.
Las relaciones del niño con los progenitores parecen enfriarse y los amigos
acaparan su atención. Se vuelve hosco ante las demostraciones cariñosas, con
franco disgusto frente a los excesos de cuidado. Predomina en esta etapa, una
posición exogámica, de búsqueda de vínculos fuera del seno familiar.
Mejora el rendimiento
escolar y se manifiestan habilidades particulares. La amistad en su más pleno
sentido es descubierta por primera vez. Se forman grupos donde germinan los
valores de la lealtad y el compañerismo. Estas relaciones dan lugar, también, a
la rivalidad, la envidia y las actitudes competitivas. Se presentan algunos
primeros noviazgos breves y entendidos sólo como un juego más.
Lo más
notable es la actitud recíproca de un sexo hacia el otro: indiferencia,
ignorancia, desinterés o, en ocasiones, desprecio. Lo cierto es que este desdén
no logra ocultar una secreta rivalidad y mutua admiración.
El niño y
la niña en edad escolar necesitan definir su rol sexual, identificándose con
patrones de conducta que no pueden dejar ningún lugar para la duda. La salida de
la tensión edípica los coloca ante un único camino: la identificación con los
valores, comportamientos y actitudes propios de su sexo y, luego, una elección
de objeto amoroso fuera del ámbito familiar. Los niños en edad escolar se
entregan con vehemencia a la definición de su rol sexual. La peor vejación que
puede hacérsele al varón y a la niña inmersos en este proceso es confundirlos
con una persona del otro sexo. La inclusión de cada uno en un grupo unisexuado
de amigos refuerza el sentimiento de pertenencia al sexo en cuestión.
Inconscientemente,
reprime y coarta su sexualidad, y no tolera la comparación de su físico con el
del adulto.
En esta
etapa, aparecen la conciencia moral y el pudor. En los primeros momentos de
escolarización, son los adultos quienes guían acerca de lo que está bien;
luego, el niño descubre un tipo de obligación diferente de la que imponen los
adultos: la derivada del acuerdo entre iguales. Transita desde una moral de
respeto y sumisión al adulto hacia otra, de respeto mutuo. En cuanto a la
mentira, hacia los seis años entiende que no debe mentir porque, caso contrario,
se lo castiga; pero hacia los ocho años, concibe la mentira como algo malo en
sí mismo, aunque no exista castigo.
Por la
interacción con el entorno, el niño de siete u ocho años va definiéndose como
un ser individual y distinto entre los demás. Percibe cada vez más su inmersión
en la convivencia con otras personas.
Corresponde
a esta etapa la aparición del deseo de agradar, de la vergüenza ante los
errores y de la sensibilidad a la crítica.
El alumno del Segundo Ciclo
La edad de nueve años señala, generalmente, una etapa de
maduración personal y de consolidación de múltiples habilidades. El niño posee
mayor dominio de sí mismo y adopta una actitud más reflexiva ante los padres y
las personas mayores, en general, y también ante sus responsabilidades
escolares y sus compañeros de juego. A menudo, muestra una actitud más propia
de un adolescente que de un niño, o exhibe un aire insólito de preocupación.
Puede ser muy severo consigo mismo, manifestando gran capacidad de autocrítica
y hace gala de la misma severidad a la hora de juzgar a los demás. Es propenso
a variar de ánimo con facilidad pasando, sin transición, de la expansión y el
atrevimiento a la timidez o, incluso, a pasajeros episodios de depresión.
En
relación con el dibujo, se dice que está entrando en la etapa del realismo.
Todos los niños a los nueve o diez años, procuran reproducir la realidad con la
mayor aproximación posible. El movimiento está bien representado gráficamente,
aparecen construcciones de cierta complejidad, y otros elementos que denotan la
madurez que el autor está alcanzando en el desarrollo cognitivo.
Desarrollo cognoscitivo
Puede
apreciarse cierta diferencia en la evolución de la escritura de las niñas
respecto de los rasgos gráficos de los varones. Por lo general, las mujeres
poseen un dominio manual más adelantado, resultado de un desarrollo más precoz
en la motricidad general. Se considera la escritura definitivamente asimilada a
partir de los once o doce años. La organización de movimientos es correcta, los
desplazamientos y la prensión del lápiz están controlados, la cabeza y el
tronco se mantienen derechos y en la posición adecuada y la escritura empieza a
fluir rápidamente, sin aparente dificultad.
En
relación con las estructuras lógicas de pensamiento, se aseguran los logros
obtenidos en el Ciclo anterior. Se consolidan -con respecto al espacio- el
concepto de sustancia, alrededor de los siete u ocho años; de superficie, a los
ocho o nueve; la conservación y concepto del peso, a los nueve o diez y el de
volumen, a los once o doce años. Esta etapa finaliza con el logro total de la
reversibilidad operatoria.
El niño
consolida el lenguaje y los procesos de lectura y escritura, puede trabajar en
comprensión y resumen de textos breves. Está en condiciones de aplicar reglas
elementales de ortografía. Los cuentos maravillosos de la infancia son
abandonados por historias más realistas que dan lugar a la identificación.
En el caso
del cálculo, afianza las cuatro operaciones aritméticas con los números
naturales y puede operar con dominio, rapidez, corrección y seguridad. Al final
de la etapa, es capaz de sumar, restar y multiplicar con números decimales
sencillos y adquirir el concepto de fracción. Le resulta posible aprender las
unidades de longitud, peso y capacidad.
Así como
en el Primer Ciclo el niño se centraba en su cotidianidad y en el grupo de
pares, ahora puede descentrarse aún más pasando a conceptos como barrio,
localidad o provincia, contenidos que pueden estudiarse mediante el análisis
del propio entorno.
A los diez
u once años llega a su máximo el interés por todo tipo de máquinas.
Con
respecto al tiempo, coordina sistemas que le permiten aprender a medir el
tiempo físico, con relojes de tipo analógico (reloj con agujas), ya que reconoce
los números y los ejes de coordenadas que ordenan la disposición de los
cuadrantes, identificando el dígito de detención de la aguja, y combinando la
noción de número con particiones espaciales infralógicas y con movimientos de
velocidades diferentes .
A partir
del décimo año, entiende los códigos morales como propios e incluso puede
establecer que no se debe mentir porque esto hace imposible la confianza mutua.
Van constituyéndose, así, convicciones morales que el niño ha hecho propias y a
las que trata de conformarse con buena voluntad. Descubre que existen
diferentes opiniones, costumbres, etc. Nota, asimismo, que hay más de una moral
y participa en códigos diferentes. Esto contribuye a que los padres no sean ya
imágenes perfectas e inalcanzables.
Es capaz
de organizar y planear sus actividades, de manera razonable, realista y
positiva. La autoridad pierde prestigio y se relativiza; sin embargo, puede ser
dirigido, ya que es dócil y se adapta a las circunstancias. Se fija metas y
persevera en ellas.
Junto con
el desarrollo cognoscitivo debe considerarse un desarrollo neurológico, con
incremento de la memoria. El niño de esta etapa logra mantener mayor grado de
atención, tiene mejor dominio de claves mnemotécnicas y de organización de
información.
Aunque se presenta calmo y sumiso, tiene una vida rica en
pulsiones inconscientes latentes. En esta etapa, la evolución de los afectos va
llegando a su fin. La infancia está a punto de terminar, con la intervención de
los primeros cambios fisiológicos debidos a la pubertad.
Esta edad
constituye el punto crucial de la infancia. En ella se reúnen los logros y
adquisiciones anteriores, las experiencias traumáticas y los fracasos, y se
reelaboran en función de las nuevas coordenadas psíquicas en las que se mueve
el niño.
La
mecánica de su pensamiento ha variado cualitativamente al dar entrada a la
comprensión de valores y, poco a poco, a conceptos que irán volviéndose
abstractos: leyes, ordenamientos, normas y principios. Estos ya no son una
simple imposición de los adultos, sino una suma de condicionantes que rigen la
vida en sociedad y que tienen razones para existir, sean buenas o malas.
La tregua
que el período de latencia ofrece a las pulsiones sexuales permite que las
energías se orienten a la reelaboración del mundo simbólico que llevará a
conceptos abstractos accesibles al pensamiento infantil. Los cambios en la
estructura del pensamiento del niño no son consecuencia directa de su
crecimiento fisiológico, sino de su evolución psico-afectiva.
La
maduración del pensamiento infantil sobreviene gracias a la interiorización de
los cambios experimentados hasta el momento. El final de la infancia suele ser
un período especialmente gratificante, los puntos críticos de cada una de las
fases de su desarrollo anterior han sido superados y el proceso de
socialización está en su apogeo.
La
renuncia a las satisfacciones inmediatas muestra un niño que deja de ser
infantil y caprichoso y aprende a tener paciencia cuando la situación lo requiere.
Incluso prefiere, a veces, la dificultad a la velocidad (en los juegos, actividades
manuales o artísticas, lecturas, etc.). No renuncia a la fantasía y a la
imaginación, pero pone estos procedimientos mentales al servicio de intereses
más permanentes.
Al final
de esta etapa y con el inicio de la pubertad, aparecen los primeros noviazgos
con carácter de pruebas o juegos, ya que tienen más importancia afectiva
todavía la figura del mejor amigo/a y el grupo. Hacia los diez u once años, los
noviazgos son sólo identificación con el mundo de los adultos, su motor es la
curiosidad y la exploración puramente anatómica que más adelante dará paso al
placer y a la superación de la rivalidad entre niños y niñas.
El simple
hecho de tener en cuenta miradas, sentimientos y deseos constituye un gran paso
adelante en el proceso de socialización del niño, que deberá poner a prueba sus
propios recursos para suscitar la admiración deseada. La preocupación por el
aspecto exterior, el vestido y el peinado pueden cobrar gran importancia. Se
abre, así, un mundo de satisfacciones y frustraciones que se alternarán con
amor, odio e indiferencia en un cuadro de vivas emociones.
El niño de
esta etapa, quien en un comienzo tomaba como modelo para la identificación
sexual casi exclusivamente al progenitor del mismo sexo, podrá tomar muchas
otras personas como héroes o heroínas que merecen su admiración. En la medida
que vayan interiorizando las características masculinas o femeninas, su
conducta se verá recompensada por la sociedad y la familia, con lo cual
quedarán afianzadas su autoestima y su confianza en sí mismos.
Se
observan diferencias en el nivel de desarrollo y madurez sexual entre los niños
y las niñas. Estas presentan caracteres sexuales secundarios más precoces.
Debido a la mayor inminencia de la adolescencia, la niña tiene, a los diez
años, más conciencia del sexo que el varón. Es muy consciente de su cuerpo y
siente una gran vergüenza al mostrarlo a personas del sexo opuesto. Casi todas
las niñas conocen la existencia de cambios fisiológicos que acompañan la
pubertad, y lo que significan para la futura mujer. Al mismo tiempo, saben que,
para ellas, el momento es prematuro. Es importante que la niña esté informada y
psicológicamente preparada para asumir los cambios, con sólido respaldo
afectivo.
En el caso
del varón, pueden existir erecciones que son sólo producto de un desarrollo
biológico precoz, y por lo tanto, raras hacia los diez años. Suceden cuando el
varón es incapaz de controlar la tensión, pudiendo tener una función genital
como descarga que en general trae aparejada culpa y angustia ya que todavía no
logra comprender sus cambios.
Desarrollo
físico
La pubertad marca el final de la
infancia como etapa. Los cambios físicos determinan nuevas preocupaciones en el
niño. Aparecen los caracteres sexuales secundarios (vello pubiano en ambos
sexos; vello facial, crecimiento de la nuez de Adán y aparición de una voz más
grave, en el varón; en la mujer, ensanchamiento de las caderas y desarrollo
mamario). Estos cambios se complementan con un mayor dominio muscular.
Es importante la práctica de
deportes; en esta etapa de consolidación física, el ejercicio físico produce un
aumento en la oxigenación de las células, el que origina, a su vez, una
distensión general del cuerpo y de la mente y resulta un valioso factor de
descarga anímica y de esparcimiento. Sin embargo, en competencias deportivas de
esfuerzo máximo, la oxigenación se ve anulada por las toxinas; es poco
aconsejable, por lo tanto, la iniciación precoz en el deporte de alta
competición.
En esta etapa, el desarrollo del
cuerpo es centro de atención principal en la vida de los jóvenes. El cuerpo
deja de ser infantil, alcanza su forma y estatura adulta mientras el psiquismo
observa, siente, todo este proceso y se adapta día a día a cambios que lo
superan en velocidad y exigencias. Como consecuencia, se provoca en el joven
una alteración global de su individualidad que debe ser comprendida como una
crisis vital y existencial, cuya duración se mide por años.
Cabe distinguir pubertad de
adolescencia. La primera se refiere al punto en el que se alcanza la madurez
sexual, mientras que el término adolescencia, es más abarcativo y comprende
también el proceso por el cual el joven asume las responsabilidades y conductas
de la edad adulta.
Los adolescentes son producto de su
época, de su pasado y presente psicológicos y de su ambiente físico. Por ello,
debe valorarse el papel que los factores sociales o ecológicos tienen en los principales cambios psíquicos de la fase
puberal y la adolescencia.
Desarrollo
cognoscitivo
Cognición es un
término genérico usado para designar los procesos mediante los cuales un
individuo aprende e imparte significado a un objeto o idea, o bien a un
conjunto de objetos o ideas. Entre los procesos cognoscitivos se cuentan los de
percepción, sensación, identificación, asociación, condicionamiento,
pensamiento, concepción de ideas, juicio, raciocinio, resolución de problemas y
memoria.
Hacia
los once años, el niño está a punto de iniciar el último estadio del desarrollo
cognitivo o intelectual: el estadio de las operaciones formales, definido como
el punto más alto que alcanza cualitativamente todo individuo en su desarrollo
intelectual.
A partir de esta etapa, la
estructura formal llega a un constante equilibrio y no necesita de estructuras
nuevas o superiores. En adelante, se incorporarán nuevos conocimientos, que
ampliarán cuantitativamente esta estructura.
El alumno de esta etapa puede
separar, de los contenidos reales, la forma lógica de los juicios, y es capaz
de razonar sobre conceptos abstractos y premisas no comprobadas, consideradas
como hipótesis.
La lógica combinatoria y el
razonamiento hipotético, aparecen como fundamentos del razonamiento formal,
junto al uso de supuestos, de razonamientos proposicionales y a la
experimentación científica.
Al liberarse el pensamiento de su
subordinación a los objetos o hechos concretos, se produce la liberalización de
las relaciones y las clasificaciones de estos mismos soportes. La lógica
combinatoria permite resolver problemas de combinaciones y clasificaciones sin
las restricciones ni el sometimiento a semejanzas reales, generalizando las
operaciones de relacionar o clasificar en función de un abanico mucho mayor de
combinaciones posibles.
Se podrá, entonces, manejar gran
cantidad de variables para un mismo fenómeno, lo que saca al niño de la centración
concreta. A partir de los doce años, el sujeto es capaz de sistematizar y
adoptar un método para tener en cuenta todas las variables y probabilidades. De
esta manera, deja de manejarse por aproximación, relacionando objetos concretos
uno a uno, para entrar en la multiplicidad abstracta de la lógica formal.
El razonamiento hipotético
(posibilidad de aplicar a las ideas o proposiciones verbales la misma técnica
combinatoria que de modo sistemático se utiliza con los objetos concretos) es
solidario de esa nueva capacidad. El sujeto opera con una lista de
enunciados proposicionales acerca de los datos que le permiten deducir de
manera abstracta; busca causas necesarias, no sólo suficientes; como resultado,
percibe mejor las relaciones.
En esta etapa, comienzan a
simbolizarse símbolos; las palabras son multipotenciales porque pueden
simbolizar distintas cosas, aparece la polisemia. Se manejan metáforas, se
entienden dobles significados y se presenta el gusto poético.
Todo esto se sustenta en el manejo
abstracto y combinado de un sistema de operaciones lógicas que implican la reunión
de inversiones y reciprocidades, su carácter de síntesis o conclusión, donde no
hay una yuxtaposición de las inversiones y de las reciprocidades, sino una
fusión operatoria en un todo único, en el sentido de que toda operación será,
en adelante, a la vez la inversa de otra y la recíproca de una tercera, lo que
da cuatro transformaciones por tener en cuenta al pensar: directa,
inversa, recíproca e inversa de la recíproca, siendo ésta última al mismo
tiempo correlativa de la primera. El
preadolescente podrá, mentalmente, manejar todas estas posibilidades de manera
organizada y sistemática.
Sobre esta base se organizarán, por
ejemplo, la proporcionalidad, los dobles sistemas de referencia, la comprensión
del equilibrio hidrostático, así como también ciertas formas de probabilidad
matemática. Al desarrollar conceptos como el de proporcionalidad, el joven es
capaz de utilizar una relación matemática cierta y completa para deducir una segunda
relación, también matemática. Le resulta posible establecer conclusiones
acordes con relaciones previas y, a continuación, la relación entre esas
conclusiones. Estos procesos permiten al joven contar con una red conceptual y
lógica de comprensión mucho más rica y abarcativa.
La inserción del joven en la vida
social adulta es simultánea con este despegue intelectual. La relación con la
realidad se enriquece en gran medida, puede plantearse el futuro y comienza,
gracias al poder que le confiere su pensamiento, a sentirse un igual con los
otros, sin distinción.
Todos estos logros se afianzarán
hacia los quince o dieciséis años, y serán la base de futuras experiencias y
aprendizajes que intelectualmente integrarán al joven al mundo del adulto.
La estructura y distribución básica
de los afectos se ha definido durante la infancia, sin embargo, en esta etapa
se da un arduo proceso de reorganización de los mismos. También en lo
psicoafectivo, la pubertad es una clara frontera entre la infancia y la
adolescencia. Los cambios puberales son manifestaciones fisiológicas del
organismo en crecimiento. No obstante, debido a su intensidad, envergadura y
rapidez, turban profundamente el equilibrio psicológico infantil.
La situación de ambivalencia e
inestabilidad que presenta el comportamiento de los púberes reproduce los
conflictos internos, de origen inconsciente. Así, su incomodidad e inseguridad
resultan extremas.
Las pulsiones renuevan tensiones
inconscientes. Las niñas, ante las primeras transformaciones de su cuerpo en el
de una mujer, no pueden renunciar a ciertas fantasías inconscientes de
seducción del padre. Los niños, por su parte, viven también con angustia la
renovación pulsional que está produciendose. Se observa en esta etapa el inicio
de prácticas masturbatorias como medio de aliviar la tensión. Al parecer, la
masturbación no es tan frecuente en la mujer como en el varón. Esas prácticas
están asociadas a intensos sentimientos de una culpabilidad que no proviene de
la autoridad de un mayor, sino del superyó o instancia moral, origen de la
culpa ante los propios impulsos de satisfacción.